La entidad máxima del fútbol decidió no renovar el contrato con la firma italiana y entregó la exclusividad a Fanatics a partir de 2031. El cambio responde a una agresiva estrategia comercial para imponer el modelo estadounidense de cartas de lujo en el mercado global.
El tablero del coleccionismo deportivo sufrió un sismo financiero que cambia las reglas del juego para siempre. La FIFA confirmó que Panini dejará de ser la licenciataria oficial de los álbumes mundialistas tras la edición de 2030, rompiendo una relación que parecía inquebrantable. La decisión es, ante todo, un golpe contable demoledor: la empresa italiana proyectaba ingresos netos por 1.500 millones de dólares para el Mundial del centenario, una cifra que ahora se esfuma de sus balances mientras la competencia se prepara para facturar niveles récord en el sector.
El nuevo dueño de la pelota es Fanatics, que a través de su marca Topps, ya planea una facturación superior a los 4.000 millones de dólares para el ciclo mundialista de 2026. La apuesta de Gianni Infantino es clara: desplazar el tradicional álbum de papel para abrazar el lucrativo ecosistema de las “trading cards”. Este formato, importado del éxito de la NFL y la NBA, se basa en la creación de activos financieros coleccionables, como las tarjetas “Debut Patch”, que integran fragmentos de camisetas utilizadas por los jugadores en sus debuts mundialistas y cuentan con firmas originales autenticadas.
La ruptura no se da en términos amistosos, sino en medio de una guerra judicial abierta en los tribunales internacionales. Panini acusa a Fanatics de ejecutar prácticas monopólicas para asfixiar a la competencia, mientras que la firma estadounidense responde con denuncias por maniobras desleales durante las negociaciones. Para la empresa con sede en Módena, este revés llega en el peor momento posible, ya que buscaban elevar su valuación de mercado mediante las proyecciones de los Mundiales 2026 y 2030 para concretar una venta de la compañía el próximo año.
Desde la dirección de Fanatics, Michael Rubin dejó claro que el objetivo es expandir el negocio fuera de Estados Unidos utilizando al fútbol como el vehículo definitivo. La FIFA busca aprovechar este impulso para generar nuevas fuentes de ingresos que se vuelquen directamente a la inversión en el deporte, dejando atrás el modelo clásico de distribución masiva para enfocarse en productos de edición limitada y alto valor de reventa. Así, el mercado de las figuritas deja de ser un simple pasatiempo infantil para consolidarse como una industria de lujo y especulación financiera bajo el control de los nuevos gigantes del retail deportivo.
